Thursday, March 31, 2005

Rainiero. La gula, horizonte último del erotismo

Quienes llegaron a tratarlo, afirman que la princesa Grace no consiguió evitar que el príncipe Rainiero se diese a la gula, cuando, desvanecidos los encantos de la pasión, inútiles los elixires artificiales, los placeres de la mesa comenzaron a sustituir los placeres del lecho. Y ----me asegura un nutricionista---- tal abandono a las efímeras promesas de la gula precipitaron sus tempranas molestias, tratadas con quimioterapia dura, la misma que consigue sostenerlo en vida, muy precaria. De alguna manera, el desencanto atroz de la vida nocturna de Montecarlo también conduce inexorablemente a las mesas donde se sirven al precio fuerte promesas de eterna juventud. En la carta de los grandes retaurantes del Hotel de París, el Hermitage, el Balmoral, etc., el caviar se propone a la clientela más selecta atraída por encantos que algo tienen de carnal: Chic, bourré de vitamines et d’acides gras essentiels, gages de jeunesse éternelle. Quizá no sea necesario traducir las promesas apenas veladas de locas noches lujuriosas, estimuladas con “vitaminas” y “garantías” de juventud “eterna”. Con una originalidad más que dudosa, para mi gusto, Didier Aniés sirve el caviar nadando en la piscina de una lasagna verde. Jacques Chibois lo utiliza para “decorar” lo que él llama “une quenelle de glace au fromage blanc”. Algo más sensato, ante el frenesí manicomial de sus colegas, Jean-Jacques Jouteaux se sirve del caviar para realizar “un mariage avec la pomme de tierre tiède”. Convencido de mi insensibilidad casi absoluta, ante tales invenciones, vuelvo a refugiarme en la cantina del Café de París, donde una modesta ensalada me llega acompañada de vinagre de Módena y tentadores aceites que los astutos productores italianos aliñan con una publicidad de genio: el aceite que se me sirve proviene de unas aceitunas imperiales, recogidas en un olivar centenario donde vivió largas temporadas veraniegas el emperador Francisco Fernando de Austria. Cuando regreso a pie al hotel, los enfermeros de una ambulancia del servicio de urgencias trasladan con mucho cuidado a una paciente. Siguiendo el destino último de la camilla, desde el hall, fraulein X*, la novia de frau Goldsmith, vela su rostro con unas gafas oscuras. El chef del Louis XV no conocía la receta de los gazpachos manchegos que me permití descubrirles días pasados. Y les propuso un menú a base de caviar, que no conducirá a mi amiga a los Campos Elíseos de la juventud eterna, si no a una clínica en los altos de Niza, antesala lujosísima ----nos tememos---- del cementerio de Menton, en la falda de unos sembrados de limoneros que, en otro tiempo, fueron la primera fuente de ingresos y la gloria de la Costa Azul.

1 Comments:

Blogger Eduardo Allende said...

It's a sign of the times, que decía la canción. Hemos pasado de concebir la vida como el tránsito del epicureísmo al estoicismo al simple salto del erotismo a la gula.
Me pregunto que habría sido de frau Goldsmith de haber tenido el chef del Louis XV una formación más amplia.

10:47 AM  

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