Monday, April 17, 2006

PdR (2). La polución y los santuarios de la Luz

La SV de Cézanne Presocráticos y budistas sabían que la Montaña es un lugar privilegiado donde los misterios de la tierra, el cielo y la fecundación se confunden con los escarpados caminos que conducen a su cima, desde donde se contemplan la gloria (el Santuario de la Luz de mi tierra; el Montseny de Guerau de Liost-Bofill i Mates) o el infierno terrenal (Der Zauberberg de Mann). En algunos casos privilegiados, ese diálogo terrenal y espiritual se prolonga a lo largo de los siglos y la obra de grandes creadores. El Mont Ventoux es indisociable de la obra de Petrarca, de Frédéric Mistral y de René Char, que arrastró a Heidegger hasta su ladera oeste para hablar de los orígenes de la palabra y la poesía en los seminarios de Thor. La Sainte-Victoire ocupa un puesto central en la obra de Paul Cézanne y un puesto enigmático, quizá significativo, en la obra de Picasso. A partir de la gran retrospectiva parisina de 1978 —que también coincidió con mi descubrimiento del pintor— Peter Handke se sirve de esa montaña como parábola para discurrir sobre el destino mismo de la creación. Tras el pavoroso incendio de 1989, cuando las llamas convirtieron en cenizas el 75 por ciento de la vegetación del macizo, Handke volvió sobre el tema de la montaña mágica: Epopoë vom Verschwinden der Wege oder Eine andere Lehre der Sainte Victoire... Epopeya sobre la desaparición de los caminos; o una Nueva Lección de la Sainte Victoire. La SV, mañana del 16 abril 2006. Foto by JPQ A pesar de mi viva simpatía hacia Handke, no comparto su optimismo. La destrucción quizá definitiva de buena parte del monte bajo, los senderos umbríos y la vegetación de la Sainte Victoire se me antojan una tragedia inquietante: crece el desierto, prolifera la muerte de todas las cosas vivas, víctimas, así mismo, de la polución, que también hace estragos en una Costa Azul, donde las nubes de smog manchan con motas de polvo ácido los colores de las flores y el rostro de los seres humanos.

1 Comments:

Anonymous náufrago said...

Si de montes hablamos, me quedo con la de Larrún, en la muga francesa. ¿Por qué? Por cuestiones meramente personales. Observarla durante muchas mañanas seguidas hace que sea parte de tu paisaje vital, y que la prefieras al resto de montes. Supongo que la diferencia entre monte y montaña es la misma que entre campo y campaña, o campagñe. Un monte, la montaña. Un campo, la campiña. Curiosa esta función autodidacta del hecho de escribir.

9:31 PM  

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